Rosario, 14 de junio de 2018

 

Queridos hermanos en Cristo:

           Hemos asistido hoy a la media sanción de una ley que legaliza el aborto. Esto nos llena de dolor porque el primero y más fundamental de los derechos humanos, cual es el derecho a la vida, ha sido gravemente conculcado.

             Junto con mis hermanos Obispos de la Comisión Ejecutiva del Episcopado valoramos profundamente “la honestidad y valentía de todos aquellos que en distintos ambientes de la sociedad han sostenido que vale toda vida y, de un modo particular, a todos los legisladores que han expresado esta mirada”.

             ¿Qué enseñanzas podemos sacar de este hecho que estamos viviendo?  Además de esperar que en el Senado sea revisado este proyecto conforme a la verdad y al bien, este hecho nos lleva en primer lugar a tener mayor conciencia de cual es la raíz a la que pertenecemos y que nos da la identidad: pertenecemos a Cristo y a la Iglesia. Y nuestra misión es ser en el mundo signo vivo de Su Presencia. 

               También nos hace descubrir con más claridad el cambio cultural profundo de nuestra sociedad. No vivimos más en un tiempo de “cristiandad” sino en un tiempo de “misión”.

               Estos acontecimientos, si bien nos entristecen, no nos quitan la esperanza, y nos impulsan a un renovado empeño misionero lleno de apasionamiento, anunciando la alegría del Evangelio, ofreciendo a cada persona que nos encontremos por el camino el tesoro de Cristo, único capaz de saciar el hambre y la sed del corazón humano.

              Estos hechos nos llevan también a un empeño educativo, sobre todo con los jóvenes, y a trabajar con más creatividad y compromiso  por nuestros hermanos más desprotegidos, especialmente  la mujer que se encuentra frente a la tentación del aborto.

              Este tiempo nos tiene que caracterizar por la alegría y la gratitud que nacen y desbordan  del encuentro con el Señor, por el ímpetu misionero y par la ardiente caridad; todos ellos signos de la vida nueva que nos ha traído Cristo.

             Que María Sma. del Rosario, bajo cuyo amparo nos acogemos, custodie nuestras vidas y la de los más frágiles. 

 Con cordial afecto en Cristo Jesús:

 

Mons. Eduardo MARTÍN

Arzobispo de Rosario

                                                           

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