HOMILIA DE LA CLAUSURA DEL AÑO JUBILAR 2025

FIESTA DE “LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

Queridos hermanos y hermanas:
Hemos vivido todo este año bajo el signo de la Esperanza. La Esperanza que no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5).

También nos ha acompañado el signo de la cruz, pues en ella Dios nos ha manifestado su infinito amor, a través del corazón traspasado de Jesús en la cruz. Así iniciamos el Año santo hace justamente un año peregrinando con la cruz del jubileo, y que nos ha acompañado todo este tiempo.
Un año de gracia, en el que la misericordia de Dios se ha prodigado generosamente al estar ofreciéndonos la indulgencia por las penas merecidas por nuestros pecados ya perdonados. Y por otra parte el haber redescubierto el sentido del peregrinar, tal como lo dice el lema de este año: “peregrinos de esperanza”.

Esperanza con mayúsculas, la de alcanzar la patria celestial, pues somos peregrinos de eternidad. Fuimos invitados a poner el ancla de nuestra vida más allá … en el cielo, como punto fijo hacia el cual dirigirnos y no apartarnos, anclados en Jesucristo.

Somos un pueblo que peregrina, caminamos juntos. Qué bueno es tomar conciencia que somos un pueblo que camina hacia un destino de eternidad, que esperamos alcanzar. Por eso decimos que los cristianos sabemos a dónde vamos. Se nos ha revelado el misterio de nuestra humanidad; a la luz de

Jesucristo, el Verbo de Dios hecho carne, se ha esclarecido el sentido de la vida humana. (G, S 22) Que peregrinamos hacia la Resurrección en la Vida eterna. Nunca debemos olvidar el fin hacia donde caminamos, pues es la meta lo que da sentido al camino. Esta cultura dominante y su civilización tecnológica, muy rica en medios, pero muy raquítica en fines, nos provoca a ser testigos de la esperanza que no defrauda, a mostrar que Cristo es el camino, la Verdad y la Vida, que Cristo es el destino. Estamos llamados a iluminar con la luz de la esperanza a los que caminan en sombras de muerte, a los que andan en tinieblas, a proclamar que ha venido la Luz que ilumina a todo hombre, que el Verbo se ha hecho carne, y a todos los que creen en su Nombre, les ha dado el poder de llegar a ser hijos de Dios. (Jn 1, 1-18). 

Damos gracias a Dios por este año vivido en la esperanza y que hoy concluimos. Muchas personas han peregrinado este año a los distintos templos jubilares con verdadero espíritu de conversión y reconciliación y han experimentado la infinita misericordia del Señor. Muchos han visto sanadas las heridas de su alma y recuperado la esperanza en sus corazones.

Muchos grupos han realizado los distintos jubileos con la peregrinación, especialmente a esta Iglesia Catedral. Diversas áreas pastorales, diversos asociaciones y movimientos; por ejemplo: hemos asistido al jubileo de los sacerdotes, al jubileo de la vida consagrada, al jubileo de las familias, al jubileo de la Caridad, a jubileo de los catequistas, de la pastoral social, el jubileo de los jóvenes y universitarios; el jubileo de la educación, especialmente el jubileo en las cárceles ha sido un fuerte signo de esperanza. Por todo ello: ¡Gracias Señor!

La Esperanza cristiana es una virtud personal y comunitaria a la vez. La persona vive siempre en relación con otras personas, ella posee una intrínseca dimensión comunitaria, por eso somos un Pueblo, una gran familia que camina junta. Vivimos un tiempo de fragmentación social, de individualismo, de debilitamiento o ausencia de los vínculos; de esas relaciones que sostienen la vida y la hacen crecer, que son como el humus donde se arraiga la posibilidad de una existencia digna. 

Frente a este panorama, descubrimos que vivir como Iglesia, que es comunidad de Fe, esperanza y amor, que es Pueblo de Dios, Familia de Dios, es la respuesta a ese individualismo, aislamiento y soledad en los cuales tantos viven hoy. Es la vida de la Iglesia; “unidad de los que creen en Cristo”, guiada por el Papa y los Obispos, expresada en la vida de las comunidades parroquiales principalmente, en las comunidades de vida consagrada, en las comunidades de los movimientos y asociaciones, y en la vida de las familias, verdaderas iglesias domésticas. 

Caminamos juntos (hoy decimos: sinodalmente). Somos enviados a mostrar, a comunicar la Vida Nueva que hemos recibido. ¿Cómo? Como nos decía el Papa León a los equipos sinodales: “Viviendo con entusiasmo la fe”. Siendo comunidades orantes que mendigan cada día la gracia de Dios para estar llenas de su amor, siendo alegres en la esperanza y pacientes en la tribulación. Fortalecer la vida cristiana de las comunidades es la consigna para el próximo año, buscando adquirir cada vez más la forma de Cristo. Como fruto del trabajo de discernimiento espiritual, del camino sinodal recorrido, como Obispo de todos ustedes les propongo para el próximo año “formarnos para vivir cada vez más intensamente la vida de la comunidad cristiana en sus distintas expresiones. 

Hoy celebramos la Sagrada Familia de Jesús, María y José. Esta es el modelo de toda familia en la que se conjugan, “fidelidad”, “unidad “y “fecundidad”. Si bien es una familia excepcional, todas las familias cristianas han de encontrar en ella la base y el modelo de su propia familia.

¿Cómo hacer para que las familias de hoy, tan frágiles se de en ellas la unidad, la fidelidad y la fecundidad? Sólo volviendo a Nazaret, al hogar de Jesús, y edificar la familia sobre esa base sólida y firme. Hace poco tiempo la Iglesia ha emitido un documento llamado “el elogio de la monogamia”; lo ha publicado por los problemas, especialmente del África que viven el tema de la poligamia, y en occidente donde se difunde el llamado “poli amor”. Es necesario volver a recordar cómo sólo una familiar nacida del amor fiel y exclusivo entre un hombre y una mujer es lo que co-responde a la dignidad de la persona humana.

Por otra parte, asistimos al fenómeno de la drástica disminución de la natalidad, que llevó al Papa Francisco a colocar como uno de los signos de los tiempos llamados a recibir la presencia salvífica de Dios y que requieren ser transformados en signos de esperanza. Lo primero nos decía el Papa Francisco es promover una mirada hacia el futuro llena de entusiasmo para compartir con los demás. Su ausencia ha traído como primera consecuencia la pérdida del deseo da transmitir la vida, Eso afecta a diversos países incluidos el nuestro; y también a nuestra Provincia y ciudad de Rosario.

Estamos llamados como comunidad cristiana a “trabajar por un porvenir que se caracterice por la sonrisa de muchos niños que vendrán a llenar tantas cunas vacías que ya hay en numerosas partes del mundo. Todos necesitamos recuperar la alegría de vivir” (Francisco), pues no es sólo cuestión de sobrevivir o subsistir.

Queridos hermanos: ¡Bendecimos y alabamos al Señor por este año jubilar en el que hemos renovado la esperanza! Trabajemos para recuperar en las familias el sentido positivo de la vida animando a las jóvenes parejas a traer hijos al mundo como signo de esperanza y vitalidad para todos. Y dispongámonos a trabajar en la formación para la comunidad, para profundizar y vivir cada vez más una auténtica vida cristiana comunitaria en todas sus expresiones., de modo que cada comunidad adquiera cada vez más la forma de Cristo en su ser y en su obrar.

Que todos, animados por la esperanza que no defrauda y llenos de la alegría que nace de ella sigamos caminando juntos para la mayorgloria de Dios y bien de nuestros hermanos.

Que María del Rosario, nuestra Madre de la esperanza, nos siga acompañando con su poderosa intercesión y vivamos plenamentenuestra vocación cristiana.
Amén.

Mons. Eduardo Martín
Arzobispo de Rosario

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