Una jornada de acción de gracias, encuentro y fraternidad sacerdotal
Este martes 1.º de septiembre, el Seminario Arquidiocesano San Carlos Borromeo celebró el Día del Exalumno Sacerdote, una jornada especialmente dedicada al encuentro fraterno, la memoria agradecida y la renovación del don de la vocación.
Participaron sacerdotes de la Arquidiócesis de Rosario junto con el arzobispo, Mons. Eduardo Eliseo Martín; el obispo auxiliar, Mons. Ernesto José Fernández; y Mons. Damián Nannini, obispo de San Miguel y exalumno del Seminario, entre otros invitados.
La jornada comenzó con la recepción preparada por los seminaristas y continuó con la celebración de la Santa Misa. En su homilía, Mons. Martín invitó a reconocer con gratitud las grandes elecciones y los dones recibidos de Dios: la existencia, el bautismo y, de un modo particular, la vocación al ministerio sacerdotal.
El arzobispo recordó que el sacerdocio nace de una elección y de una predilección amorosa del Señor:
«¿Quién soy yo para que me hayas traído hasta aquí, Señor? ¿Qué viste en mí, si hay tantos mejores que yo? Es un misterio de amor, de una elección, de una predilección del Señor».
La celebración en el Seminario permitió también volver sobre la propia historia vocacional, recordar a quienes acompañaron cada camino y agradecer la tarea de los formadores, sacerdotes, laicos, personal y colaboradores que contribuyen a la formación de los futuros pastores.
Mons. Martín puso especialmente de relieve el valor de la fraternidad sacerdotal y la necesidad de vivir el ministerio desde la comunión:
«No la genialidad de uno, sino el amor mutuo, la caridad y la comunión hacen atractivo a los jóvenes el ministerio sacerdotal».
En este sentido, señaló que el ministerio sacerdotal no se ejerce aisladamente, sino en comunión con el obispo y con los hermanos del presbiterio. El afecto mutuo, la caridad sacerdotal y la cooperación fraterna son signos de vitalidad cristiana y constituyen un testimonio particularmente valioso para los seminaristas y para los jóvenes que se preguntan por su vocación.
Durante la homilía hubo también un recuerdo especial para quienes celebran sus bodas de plata sacerdotales, así como para aquellos exalumnos que, por encontrarse lejos, no pudieron participar de la jornada.
Finalizada la Eucaristía, los participantes se dirigieron al Patio de la Virgen, donde cantaron solemnemente el Ángelus. La celebración concluyó con un almuerzo fraterno, durante el cual pudieron reencontrarse, compartir recuerdos y renovar los vínculos nacidos durante los años de formación en esta casa.
Damos gracias a Dios por nuestros sacerdotes y por todos aquellos que han entregado su vida al servicio del Evangelio. Rezamos también por nuestros seminaristas y formadores, y pedimos al Señor el aumento y la perseverancia de las vocaciones sacerdotales.
¡María, Madre de los sacerdotes, ruega por ellos y acompaña a quienes se preparan para servir al Pueblo de Dios!



Homilía completa de Mons. Eduardo Eliseo Martín
Día del Exalumno Sacerdote – Seminario Arquidiocesano San Carlos Borromeo
Martes 1.º de septiembre de 2026
Queridos seminaristas, queridos hermanos, queridos sacerdotes, diáconos y seminaristas:
Es un día de gracia poder celebrar una vez más el Día del Exalumno de nuestro Seminario. El otro día, con el padre Alejandro, dijimos: «Hagamos la Misa de acción de gracias», porque, como dice la Escritura: «¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo? Alzaré la copa de la salvación e invocaré el nombre del Señor».
¿Con qué pagaremos al Señor todo el bien que nos ha hecho?
El primer bien y la primera elección que Dios ha hecho de nosotros es nuestra existencia. Hoy celebramos también la Jornada de Oración por el Cuidado de la Creación, y el ser humano es el centro, el culmen de la creación.
Existimos. Podríamos no haber existido y, sin embargo, existimos con nuestro nombre y con nuestro apellido. Gracias a la cooperación de nuestros padres, Dios nos ha creado y existimos. Es infinitamente más grande existir que no existir.
La luz de la fe nos hace comprender que la existencia es algo positivo, algo bueno. Cuando Dios terminó de crear todo, vio que era muy bueno: la bondad de la creación.
Frente a un mundo escéptico, un mundo que, cuando no tiene a Dios, ve oscurecida su inteligencia y no es capaz de percibir la bondad de la creación y la bondad de la existencia, sabemos que hoy la primera causa de muerte violenta en la Argentina es el suicidio. Es decir: ¿qué situación de sociedad hemos generado para que tantos hermanos nuestros no perciban la bondad de la existencia?
Por eso, el primer motivo para dar gracias a Dios, la primera elección, es que existimos:
«Gracias, Señor, por existir».
Y existimos con un fin bueno. Esto nos lo da también la luz de la fe: la existencia tiene un fin positivo, aunque tengamos que atravesar circunstancias difíciles, adversas o dolorosas. Pero todo es para el bien de los que aman a Dios.
Esta es la primera elección.
La segunda elección es la del bautismo. Dios nos pensó. En Dios, el designio de nuestra vida estaba ya desde toda la eternidad. Como nos dice el apóstol en la primera lectura, hemos sido elegidos en Cristo antes de la creación del mundo. Antes de que existiera el mundo, ya estábamos en la mente y en el corazón de Dios.
Después nos hizo partícipes de su redención. Por eso, ¡cuánta gratitud le debemos al Señor! Sin mérito alguno de nuestra parte, hemos sido rescatados por Jesucristo. Hemos sido hechos hijos en el Hijo. Hemos sido hechos para un destino de eternidad, para una gloria, para una corona de gloria que no se marchitará jamás.
¡Qué visión positiva sobre la existencia y sobre la vida nos da la fe!
Salimos de esa tierra de sombras y de muerte para entrar en el Reino de la luz, en el Reino de los hijos de Dios. Este es el don más precioso.
Por eso, no tenemos razones objetivas para no agradecer a Dios. Es justo lo que decimos en cada Misa: «Es justo y necesario darte gracias siempre», aunque estemos atravesando las circunstancias más difíciles, porque hemos sido redimidos y rescatados por la sangre de Cristo.
Esta es, entonces, la segunda elección.
Podemos decir que es, en el lenguaje de Ratzinger, la primera expropiación. En el bautismo hemos sido expropiados; es decir, ya no nos pertenecemos a nosotros mismos. Nuestra vida tiene sentido en cuanto es vivir y morir para Cristo:
«Ya sea que vivamos, ya sea que muramos, para el Señor vivimos y para el Señor morimos».
Esta es la primera expropiación. No nos pertenecemos. Somos de Él. Somos suyos, somos su pueblo, ovejas de su rebaño. Pertenecemos a Él, porque nos compró al precio de su sangre.
Hemos sido expropiados, pero, paradójicamente, para existir plenamente, para ser verdaderamente nosotros mismos, para ser plenamente humanos.
Por eso, nuestra inmensa gratitud al Señor.
Y está la tercera elección: a nosotros, el Señor Jesús nos ha elegido para estar con Él de un modo más íntimo. Nos ha puesto también un sello imborrable mediante el sacerdocio, mediante el ministerio presbiteral, para ser colaboradores en su gran obra, que es la obra más grande que puede existir sobre la faz de la tierra.
Nosotros somos colaboradores de la redención de un modo único, de un modo extraordinario.
Por eso estamos hoy aquí, en el Seminario: para agradecer al Señor tanto amor, tanto bien y tanta delicadeza para con nosotros, para con cada uno de nosotros.
«¿Quién soy yo para que me hayas traído hasta aquí, Señor? ¿Qué viste en mí, si hay tantos mejores que yo? ¿Qué encontraste?».
Es un misterio de amor, de una elección y de una predilección del Señor.
Por eso nuestro corazón, si es justo, no puede dejar de agradecer. Uno puede dejarse invadir por las cosas que no salieron bien. Puede dejarse invadir por resentimientos, prejuicios y tantas cosas que nos atan. Pero, en el fondo, en el fondo, en el fondo, no podemos hacer otra cosa que decir:
«Gracias, Señor».
Porque se trata de una elección de amor, de una predilección de amor.
«No son ustedes los que me eligieron a mí, sino que soy yo quien los elegí a ustedes y los destiné para que vayan».
Allí está también el propósito, la misión: que podamos dar fruto, y un fruto duradero.
Por eso, hoy, al estar aquí en el Seminario, recordamos especialmente a los hermanos que cumplen sus bodas de plata; particularmente a Lucas, que nos acompaña, y a los demás que se encuentran más lejos y no han podido venir.
Junto con todos ustedes y con todo el clero de nuestra Arquidiócesis, queremos dar gracias a Dios por aquella primera elección; por nuestros padres y por nuestras familias; por la Iglesia y la comunidad cristiana; por el bautismo y la educación recibida en la fe; y también por el Seminario.
Porque fue aquí donde aquel germen de vocación que estaba desde el comienzo empezó a ser formado. Algunos ingresaron en el introductorio; otros venían del Seminario Menor. Aquí, este Seminario comenzó a forjar y a moldear el corazón sacerdotal de todos ustedes.
Por eso, nuestra gratitud al Seminario, a quienes fueron formadores y a quienes hoy son los formadores; a los sacerdotes especialmente; a los laicos, al personal y a todos aquellos que, de algún modo, dentro de una comunidad formativa, contribuyen a la formación del sacerdote.
Damos gracias a Dios.
El Señor nos dice hoy, como les decía a los apóstoles:
«Ámense los unos a los otros. Como el Padre me amó, yo también los he amado. Permanezcan en mi amor».
Y al final les dirá:
«Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros».
Venir al Seminario y estar aquí significa recordar esta historia personal y estos años vividos. Significa dar gracias a Dios. Significa encontrarse con los compañeros, darse un abrazo, recordar los viejos tiempos y actualizar la consagración en el ministerio.
Es también una expresión de amor: de amor hacia el Seminario y de amor entre todos nosotros.
Esto es lo que hace más fecundo nuestro ministerio.
Ciertamente, está el ex opere operato: aunque nosotros seamos un desastre, el sacramento vale igualmente y la absolución vale igualmente. Sin embargo, la Optatam totius del Concilio, cuando habla de la necesidad de fomentar las vocaciones, nos dice que la laboriosidad en el ministerio, la humildad y la amabilidad hacen más atractivo el sacerdocio para los jóvenes.
Pero agrega un detalle: la caridad mutua entre los sacerdotes hace atractivo el ministerio para los jóvenes.
No la genialidad de uno, sino el amor mutuo, la caridad y la comunión. Como estamos trabajando este año —o intentando que cale más hondo en nosotros—, se trata de la comunión eclesial: el ministerio sacerdotal es un ministerio que se ejerce comunionalmente, no aisladamente.
Por eso, venir al Seminario y expresar este afecto mutuo es también un signo de nuestra vitalidad cristiana y nos ayuda a ser ese signo para los demás, especialmente para los más jóvenes.
Damos gracias inmensamente al Señor porque nos ha creado, nos ha redimido y nos ha hecho sus colaboradores más íntimos.
Le pedimos a la Virgen que, por su intercesión, siga renovando nuestro ministerio, para gloria de Dios y para bien de todos nuestros hermanos.
Amén.