Rosario renovó su fidelidad a la Virgen del Rosario a 85 años de su coronación pontificia

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El miércoles 7 de octubre, la Arquidiócesis de Rosario celebró con profunda devoción la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, Patrona y Fundadora de la ciudad. Este año, la celebración tuvo un significado especial al conmemorarse los 85 años de la coronación pontificia de la Virgen, realizada el 5 de octubre de 1941.

La Santa Misa, que estaba prevista en el Patio Cívico del Monumento Nacional a la Bandera, debió trasladarse al interior de la Iglesia Catedral debido a las condiciones climáticas. Allí, en un clima de fe, recogimiento y alegría, el arzobispo de Rosario, monseñor Eduardo Martín, presidió la celebración eucarística acompañado por obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y numerosos fieles que se congregaron para honrar a la Madre y Patrona de los rosarinos.

La solemnidad estuvo acompañada por el Coro Arquidiocesano y los coros de niños, cuyos cantos contribuyeron a dar especial belleza a esta celebración tan significativa para la Iglesia y la ciudad de Rosario.

María, Madre de la escucha y de la comunión

En su homilía, monseñor Eduardo Martín reflexionó sobre el lema de la novena patronal de este año: «María, Madre de la escucha y de la comunión», destacando su relación con el camino sinodal que viene recorriendo la Iglesia de Rosario.

El arzobispo presentó a María como modelo de escucha y obediencia a la Palabra de Dios, recordando que escuchar significa acoger en el corazón y llevar a la vida aquello que el Señor nos dice. Desde esta actitud, invitó a fortalecer el diálogo y la comunión fraterna en las familias, las comunidades parroquiales y la sociedad.

Asimismo, se refirió a la preparación espiritual para la visita del papa León XIV, alentando a los fieles a disponer sus corazones para recibirlo y escuchar su palabra como un acontecimiento de gracia.

Al recordar el aniversario de la coronación pontificia, monseñor Martín explicó que la corona de María es signo de su gloria en el cielo y recordó que la verdadera grandeza cristiana no se encuentra en el poder ni en las riquezas pasajeras, sino en el amor, la humildad, la justicia y la santidad.

Un pueblo que renovó su promesa a María

Uno de los momentos más emotivos de la celebración tuvo lugar al finalizar la Santa Misa, cuando jóvenes de Acción Vocacional invitaron a toda la comunidad a recordar y renovar el compromiso de amor y fidelidad que el pueblo rosarino había expresado a la Virgen 85 años atrás.

Los jóvenes evocaron aquella histórica jornada del 5 de octubre de 1941, cuando unas 200.000 personas se congregaron para participar de la coronación pontificia de Nuestra Señora del Rosario. Recordaron también que la corona había sido confeccionada con oro y joyas donadas por las familias rosarinas, como expresión del amor de todo un pueblo hacia su Madre.

Explicaron que, después de la coronación, el primer obispo de Rosario, monseñor Antonio Caggiano, preguntó a los presentes si renovaban la elección que habían hecho las generaciones anteriores de reconocer a la Virgen como Señora y Patrona de la ciudad. La multitud respondió: «Sí, renovamos». Luego, al preguntarles si la juraban como Patrona, el pueblo volvió a responder: «Sí, juramos».

A partir de aquel recuerdo, los jóvenes invitaron a los fieles a comprender que la celebración no consistía solamente en recordar un acontecimiento del pasado, sino en renovar personalmente el lugar que María ocupa en la vida de cada cristiano.

«Porque coronarla con nuestra vida es hacer que Jesús reine en nuestro corazón y en nuestra manera de vivir», expresaron, alentando a ofrecer a la Virgen las familias, las vocaciones y el compromiso cotidiano de vivir y anunciar el Evangelio.

También recordaron que, durante la jornada anterior, los jóvenes de la Arquidiócesis se habían reunido en una vigilia para honrar a María y renovar su propio sí.

«¡Sí, renovamos! ¡Sí, juramos!»

Después de esta invitación, monseñor Eduardo Martín tomó la palabra para guiar la renovación de la promesa del pueblo rosarino a su Patrona.

«Como Pueblo de Dios que peregrina en Rosario, y recordando el compromiso que nuestros antepasados asumieron hace 85 años, queremos renovar hoy nuestra elección de la Virgen del Rosario como nuestra Madre, Señora y Patrona», expresó el arzobispo.

A continuación, preguntó a los fieles:

«¿Renuevan la elección que hicieron nuestros mayores de la Santísima Virgen del Rosario por Señora y Patrona de nuestra ciudad?».

Y el pueblo respondió:

«¡Sí, renovamos!».

Luego, monseñor Martín volvió a preguntar:

«Y reconociéndola como nuestra Patrona, ¿la juran nuevamente como Madre y Guía de nuestra Arquidiócesis de Rosario?».

La asamblea respondió:

«¡Sí, juramos!».

Finalmente, el arzobispo concluyó:

«Que este sí que hoy pronunciamos sea sincero y fecundo, y que María, la Virgen del Rosario, nos acompañe siempre y nos conduzca a Jesucristo. Amén».

El pueblo respondió con un último «Amén».

De esta manera, 85 años después de aquella histórica coronación, la comunidad rosarina volvió a expresar públicamente su amor y fidelidad a Nuestra Señora del Rosario. Un gesto que unió la memoria agradecida de las generaciones pasadas con el compromiso presente de seguir caminando bajo el amparo de María, Madre, Señora y Patrona de Rosario.

Homilía completa de monseñor Eduardo Martín

Fiesta de Nuestra Señora del Rosario — 7 de octubre de 2026

Queridos hermanos obispos, queridos sacerdotes, queridos diáconos, queridos consagrados y consagradas, saludo cordialmente al señor intendente, que nos honra con su presencia. Queridos hermanos todos:

«Bendito sea Dios», nos decía el apóstol Pablo en la carta a los Efesios.

A pesar del clima, estamos aquí reunidos en torno al altar del Señor para volver a proclamar a María feliz, como ella lo profetizó en el Magníficat: «Todas las generaciones me proclamarán feliz».

Y este año el lema de la novena de la Virgen ha sido «María, madre de la escucha y de la comunión», y responde al trabajo que hemos hecho en estos años, un par de años, sinodal; el trabajo de discernir juntos qué es lo que Dios quiere para la Iglesia de Rosario.

Y que habíamos discernido en oración, en espíritu fraterno, de confianza, en las distintas comunidades parroquiales y en la asamblea que tuvimos después de Pascua de este año: formarnos en la comunión, formarnos para la misión, formarnos para la caridad, y en este año poner el acento en la comunión.

Y también surgió de esta asamblea la necesidad de favorecer la escucha. Y por eso podemos mirar hoy a la Virgen como madre de la escucha y de la comunión.

María es la nueva Eva, la que obedeció a Dios. Nuestros primeros padres no escucharon el mandato de Dios, lo desobedecieron, y a partir de esa desobediencia entró el desorden, entró el caos, entró la muerte, entró la muerte como salario del pecado.

María es la que, con su sí, como escuchamos recién en el Evangelio, «Hágase en mí según tu palabra», es la que escucha la palabra de Dios.

Y cuando uno dice «escucha» aquí, no quiere decir simplemente oír un ruido, sino es acoger en el corazón y actuar. La palabra escuchar tiene un sentido mucho más profundo, que significa entonces llevar a la vida lo que Dios ha dicho.

Y es esto lo que hizo la Virgen, como nadie. Nadie como ella ha sido obediente a la palabra de Dios.

Y por eso también nosotros, en este año, estamos invitados a generar cada vez más profundamente, en cada uno de nosotros y en cada comunidad, ya sea parroquial, ya sea congregación religiosa, ya sea movimiento o asociación, esta actitud de escucha.

Siempre la primera escucha es a Dios. En definitiva, Dios es el punto de referencia, el punto de destino último de la escucha, de escuchar a Dios.

¿Qué le dice Dios a nuestra Iglesia? ¿Qué nos dice hoy?

Y entonces caminar en este sentido no es una cosa de un día, ni de un plan pastoral que se escribe, sino que es una actitud que se va arraigando en esa docilidad cotidiana a la palabra de Dios, en nuestra vida personal, en nuestras comunidades parroquiales.

Saber escuchar al otro, saber escucharnos entre nosotros, en un mundo que parece que no escucha, donde cada uno se grita, grita su propio parecer, pero no se escucha.

Nosotros estamos llamados a escuchar, y a escuchar a Dios a través del otro, a través del hermano.

El otro siempre tiene algo distinto, algo que decirme que yo no sé. Del otro siempre tengo que aprender algo. Y generalmente del que aprendo, si tengo el oído atento, es de los más humildes, siempre.

Los más humildes son los que nos enseñan mucho más, a lo mejor, que la ciencia o el saber intelectual, ¿no?

Entonces, aprender y generar en nosotros esta cultura de la escucha.

Esta escucha que también tiene que trasladarse a la primera comunidad eclesial, que es la familia. Los esposos, escucharse, dialogar, que falta tanto, ¿no? Y que después tantos desencuentros trae el no saber escucharnos.

Y esa escucha se tiene que trasladar también al resto de la sociedad, en los barrios, en las asociaciones intermedias, con las autoridades, tener esa actitud de escucha.

Y si nosotros lo vivimos como cristianos, vamos a estar influyendo de un modo positivo en la vida de la sociedad, en la participación, en la vida pública que tenemos como cristianos, para ir generando también un ambiente distinto para nuestra patria.

La Virgen también es madre de la comunión. Madre de la comunión porque ella es la que, obedeciendo a Dios, se restablece el vínculo entre el cielo y la tierra, se establece el puente en Cristo Jesús, la comunión de lo humano con lo divino, que no se destruirá más.

Y esa comunión amplia que es la Iglesia, como leímos en el libro de los Hechos, allí la Iglesia naciente, esperando el Espíritu Santo, estaba la Virgen, estaba María, la madre del Señor, la madre de la Iglesia, la madre de la comunión.

Y esta comunión también, que también nace de la escucha, porque cuando obedecemos a Dios no podemos quedarnos aislados y encerrados en nosotros mismos.

Justamente la palabra comunión, comunidad, implica abrirnos a los demás.

Y entonces, desde la unión con Dios, desde la profunda unión con Jesucristo, crecer en la comunión fraterna, en nuestras comunidades, en la familia, que es la primera Iglesia, en la Iglesia doméstica, en nuestras comunidades.

Y si nosotros vivimos la comunión, en este mundo de hoy somos un signo profético, que hay un modo distinto de vivir, hay un modo más humano de vivir. Y ese es el modo cristiano de la comunión fraterna.

Y esto es un camino, queridos hermanos, no es algo que solo basta decirlo, sino que tiene que calar hondo en nosotros y, por lo tanto, ir generándose como una actitud permanente en los corazones, para que renazca, renazca la Iglesia.

Como decía Romano Guardini, la Iglesia renace, es decir, la comunión renace en las almas, renace en los corazones de los cristianos.

Es esta nuestra vocación, ¿no?, de ser hombres y mujeres de la escucha, del diálogo, del encuentro, y hombres y mujeres de la comunión.

Y que eso pueda servir de verdad a contribuir en nuestra sociedad a un clima más humano, más fraterno, a un clima más justo, superando tantas dificultades que en los tiempos presentes nos aquejan y nos duelen.

Esto es lo primero que quería compartir con ustedes a raíz del lema y del trabajo y del camino que estamos humildemente intentando transitar en nuestra Iglesia.

Lo otro que quería compartir es, bueno, prepararnos para la venida del Santo Padre, del Papa León XIV.

Ya apenas falta un mes para que él venga. Y también aquí, otra vez, las dos actitudes: la escucha y la comunión.

El Papa viene y tenemos que ir preparando nuestros corazones para escucharlo.

Jesús le dijo una vez a los apóstoles: «El que a ustedes escucha, a mí me escucha. El que a ustedes recibe, a mí me recibe».

Entonces nos estamos preparando y hemos de hacerlo cada vez con más intensidad a recibir al enviado del Señor, al vicario de Cristo, al dulce Jesús sobre la tierra, como le decía santa Catalina de Siena, y que viene a hablarnos en nombre del Señor.

Y por eso entonces la actitud de escucha.

Y en su palabra no sabemos materialmente lo que nos dirá, pero sí seguramente que nos dirá una palabra que ilumine nuestro camino, que nos ayude a discernir los pasos que tenemos que dar en la Iglesia y en la sociedad.

Seguramente una luz nos indicará en estos tiempos de confusión.

También seguramente nos dará una palabra de aliento, una palabra de consuelo frente a los pesares y las dificultades que vivimos.

Y también, por qué no, una palabra de corrección, porque no todo lo que estamos haciendo está bien.

Y entonces es necesario disponernos, ¿no?, a escuchar con docilidad su palabra, al que viene en nombre del Señor, a recibirlo, a recibirlo con corazón abierto, preparando bien nuestra casa.

Como cuando va a venir una visita importante en nuestra casa, en nuestra familia, se limpia la casa, se prepara todo para que el huésped sea bien recibido, se sienta cómodo.

Creo que sí, que nuestro pueblo ya lo está manifestando, va a recibir con un gran corazón abierto al Papa León.

A nosotros nos cabe entonces ahondar esta actitud de escucha, de recibir al huésped que viene, y de tal modo que sea un acontecimiento de gracia.

Porque la gracia de Dios, queridos hermanos, tiene sus tiempos, ¿no? No todos los días son iguales.

Esos días van a ser días de gracia, pero la gracia pasa. Si yo no la aprovecho, es como dice aquel: cae en saco roto.

Bueno, tenemos que procurar que no caiga en saco roto, sino que realmente se cimente en nuestros corazones, para que también sea un paso más en el camino de la vida cristiana y en la marcha de nuestra patria también.

Porque esperamos que su venida nos ayude a los argentinos a transitar caminos de justicia, a transitar caminos de encuentro, de respeto, etcétera, ¿no?

Así que, bueno, eso es lo que tenemos que hacer estos días, ¿no?, de lo que falta, que pasa rápido el tiempo, ¿no?, pero con mucha alegría recibir al Santo Padre para escucharlo y que él se sienta cómodo entre nosotros.

Y finalmente, también este año vivimos un acontecimiento que son los 85 años de la coronación de la Virgen del Rosario.

5 de octubre de 1941. El primer obispo de Rosario, el cardenal Antonio Caggiano, realizaba la consagración de la Virgen, la coronación de la Virgen, aquí cerquita, lo que llamamos siempre la Plaza de la Coronación, donde un pueblo prometió a la Virgen su entrega, su fidelidad.

María es coronada.

Quizás en estos tiempos este lenguaje de una corona nos parece un poco anticuado. Rey, reina, reyes, hablar de reyes en este tiempo no es más bien una cosa…

Pero sí podemos decir, así, esto me parecía hoy, pensando un poquito, qué significado tiene la coronación de la Virgen.

Eso nos quiere expresar que María, ella está coronada de gloria en el cielo, que María tiene una corona incorruptible en el cielo, que ella participa como ninguna otra criatura de la resurrección, de la gloria de Cristo, de la gloria de Dios, coronada de gloria.

Y nosotros miramos, por otra parte, las glorias de este mundo.

¿Qué son las glorias de este mundo? Son como coronas que se marchitan.

San Pablo, en la primera carta a los Corintios, hablando de los atletas que corren en el estadio, se fatigan y se esfuerzan para ganar una corona que se marchita.

Nosotros trabajamos y luchamos para alcanzar una corona que no se marchitará jamás.

A esto nos ha llamado Dios.

Pero no es una corona que se gana compitiendo con los otros, no es una corona que se gana en base a vencer al otro, sino es una corona que se gana si somos hombres y mujeres de comunión, si amamos más en esta tierra, si nos tratamos con justicia en esta tierra.

Cuanto más amemos, cuanto más últimos nos hagamos, cuanto más humildes, más alta será la dignidad y la gloria en el cielo.

Por eso María, la más humilde de las criaturas, es la que más alta está en el cielo.

Es el reino del revés.

Las glorias de este mundo, el poder, los poderosos de este mundo, ¿quién se acuerda de los emperadores que pasaron siglos atrás?

Figuras que en su momento fueron extraordinarias y de golpe ya nadie se acuerda de ellas.

O el dinero, ¿no? Glorias de este mundo que pasan, autos de lujo, qué sé yo, tantas cosas que llaman y son como falsos dioses que atrapan, ¿no? Pero que pronto terminan en nada, pronto terminan en nada.

Por eso, ver a la Virgen coronada, y aquí como un signo de esa corona de gloria del cielo, nos invita a tener hambre de gloria, sí, hambre de gloria, pero hambre de la gloria del cielo, que se gana aquí en la tierra, trabajando por un mundo mejor, que se gana aquí en la tierra siendo humildes, trabajadores, esforzados, que se gana aquí siendo más fraternos, amando como Cristo nos amó.

Ese es el modo de ganar la corona, ¿no?

Para eso tenemos que tener hambre de santidad, porque esto es lo que nos dijo hoy el apóstol en la segunda lectura: que Dios nos ha elegido en Cristo desde antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia por el amor.

Miren qué horizonte que se nos presenta a los cristianos, qué horizonte de dignidad, qué horizonte en el cual nos damos cuenta de cómo nos considera Dios a los seres humanos.

Por eso hoy vamos a renovar estas promesas, pidiéndole a la Virgen que seamos humildes servidores del Señor y que nos pongamos siempre bajo su amparo, para que, viviendo en estas actitudes de escucha y de comunión, para prepararnos con corazón abierto a recibir al Papa, seamos también en nuestra vida y como Iglesia anticipo del cielo por la vida de amor que llevamos, y seamos los que contribuyamos también de un modo eficaz como fermento en la masa en la edificación también de nuestra ciudad terrena.

Amén.