Corpus Christi 2026: la Iglesia de Rosario celebró la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

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El sábado 6 de junio se llevó a cabo la celebración arquidiocesana de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi), presidida por Mons. Eduardo Martín, arzobispo de Rosario. La Santa Misa tuvo lugar en la Parroquia Nuestra Señora de la Merced y, posteriormente, los fieles participaron de la tradicional procesión hasta la Parroquia Nuestra Señora de las Nieves. En su homilía, el arzobispo destacó a la Eucaristía como alimento para la vida eterna y sacramento de la comunión, invitando a toda la Iglesia de Rosario a profundizar el camino de unidad, fraternidad y misión que la arquidiócesis busca fortalecer durante este año pastoral.

Homilía de Mons. Eduardo Martín en la Solemnidad de Corpus Christi 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy con gran alegría y solemnidad la fiesta del Corpus Christi.

¡Qué grande es el Señor! ¡Qué grande es su amor! Ha querido quedarse entre nosotros todos los días hasta el fin del mundo en el Sacramento Eucarístico para garantizar que tengamos Vida Eterna, para alimentar la Vida Nueva que nos regaló en el Bautismo como prenda de una plenitud que alcanzaremos en la Jerusalén celestial.

Así como el pueblo de Israel que después de su bautismo liberador, pasando por las aguas del Mar Rojo, fue acompañado, sostenido y alimentado durante su caminar por el desierto a través del maná que Dios les enviaba; de la misma manera, a nosotros, luego del Bautismo, nos regala la Eucaristía, verdadero Pan vivo bajado del cielo, para sostener y acrecentar el don de la Vida Nueva que como germen se nos dio en el Bautismo y para hacernos uno en Él.

Qué palabras llenas de esperanza nos dice hoy el Señor en el Evangelio: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida Eterna, y yo lo resucitaré en el último día, porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre la verdadera bebida”.

Es el alimento del camino de la vida que, así como acompañó a Israel hasta llegar a la tierra prometida, nos acompaña y acompañará hasta alcanzar la patria celestial donde contemplaremos al Señor cara a cara, y Él esté en cada uno de nosotros y entre nosotros de un modo pleno y definitivo con una satisfacción inimaginable, pues Dios ha preparado algo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni por mente alguna pasó para aquellos que lo aman.

Te damos gracias, Señor, porque en el camino, muchas veces doloroso de la vida, nos alimentas con tu Cuerpo y con tu Sangre, anticipo de la gloria futura, para sostenernos en la esperanza y animarnos en la caridad. ¡Gracias!

En segundo lugar, quisiera subrayar lo que nos dice el apóstol Pablo en la segunda lectura: que la copa de bendición y el pan que partimos son comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Que al compartir el mismo pan formamos un solo Cuerpo.

La Eucaristía hace la Iglesia; en la diversidad de sus miembros nos hace uno, genera la comunión con Dios y entre nosotros.

De allí que sea también el sacramento de la unidad. No podemos celebrar la Eucaristía sin la unidad. Y recuerdo aquí el antiguo dicho: “En lo esencial, unidad; en lo accidental, libertad; en todo, caridad”. Lo llamamos también sacramento de la comunión.

Queridos hermanos y hermanas: hemos de cuidar con celo el don de la unidad y la comunión. La comunión en el amor de Dios es hermosa, es bella, y por eso atrae, pues lo bello es aquello que al verlo atrae; en cambio, lo feo, como son la división y la violencia, repugna.

De allí lo que nos repiten los últimos Papas: “La Iglesia no actúa por proselitismo sino por atracción”. Qué bueno sería que de nosotros, de la Iglesia de Rosario, quienes nos vieran pudieran decir: “Miren cómo se aman”.

Justamente este año queremos profundizar un camino de conversión personal, comunitaria y pastoral para fortalecer la comunión ad intra de la Iglesia particular de Rosario, de modo que cada vez se refleje más esa unidad, esa comunión, para que el mundo crea.

Este acento particular no ha surgido de alguien detrás de un escritorio, sino como fruto de un discernimiento espiritual comunitario buscando discernir lo que el Espíritu dice a la Iglesia que peregrina en Rosario.

De ese ejercicio espiritual ha surgido la invitación a profundizar la comunión con el Señor y entre nosotros. Un año para reavivar y fortalecer el don de la comunión en nuestras comunidades, comenzando por la primera comunidad eclesial que es la familia, siguiendo por las comunidades parroquiales, el presbiterio, las comunidades de vida consagrada, las asociaciones y movimientos, hasta abarcar el conjunto de la diócesis.

El fundamento está en la Eucaristía vivida. Que seamos cada vez más personas y comunidades profundamente eucarísticas. Comunidades agradecidas, sacrificadas y signadas por una profunda conciencia comunional, siendo signos e instrumentos de comunión fraterna.

Personas y comunidades empapadas de gratitud a Dios por los dones recibidos, por su infinita misericordia. Y agradecidas a los hermanos. Gratitud que nos llena de alegría, que es la otra nota que revela la vitalidad cristiana de la persona y la comunidad.

Personas y comunidades que, así como Cristo entregó su vida en sacrificio para la salvación de todos, también se conviertan en ofrenda santa donada al Padre, uniéndose al sacrificio redentor de Nuestro Señor Jesucristo.

Ser comunidades de comunión, abiertas a la acogida cordial y a la escucha de Dios y de los hermanos; comunidades con conciencia de una comunión no intimista sino misionera, para que el mundo crea.

Comunidades que, frente a un mundo polarizado e individualista, por su vida comunitaria sean signos proféticos de que nadie se salva solo.

Saldremos a manifestar públicamente nuestra fe. Hagámoslo con alegría respetuosa y humilde, alabando y adorando a Jesús Eucaristía; manifestemos así nuestra fe y amor con la conciencia de que somos portadores de lo más grande, necesario y definitivo para el mundo: “El Pan Partido para la Vida del mundo”.

Amén.