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Jornada Mundial del Enfermo 2023: Homilía del Arzobispo

El Arzobispo de Rosario, Mons. Eduardo Eliseo Martín, presidió la Santa Misa en la Jornada Mundial del Enfermo en el Santuario Arquidiocesano de “Ntra. Sra. de Lourdes” de la Ciudad y Arquidiócesis de Rosario. Estuvo acompañado por el Párroco y Rector, Pbro. Juan José Estrade, el Canciller, Pbro. Juan Pablo Masramón y algunos sacerdotes del clero arquidiocesano.

En su homilía, expresó:

“Queridos hermanos y hermanas de la comunidad de Lourdes

Y todos los peregrinos que vienen al Santuario:

¡Bendito sea Dios que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales! Si, bendito sea Dios que nos ha regalado a su madre, la Virgen porque a través de ella nos ha venido Jesucristo, el Señor.

El Evangelio dice: “Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has revelado a los humildes”. Si, queridos hermanos y hermanas, Dios en su infinita misericordia, a lo largo del tiempo, de la historia y de distintos lugares, ha querido llenarnos de consuelo, renovar nuestra esperanza, nuestra fe, a través de la Virgen. La Virgen también se revela a los humildes. Como hoy, al recordar a la Virgen de Lourdes que aparece a una pequeña muchacha de pueblo, Santa Bernardita. La Virgen se le revela dándole este mensaje del perdón de los pecados, de construir un templo, y el agua que comienza a brotar con todo lo que significa el agua, agua que nos trae purificación, sanación y salud.

Por eso, lo primero que tenemos que pedir al Señor es la gracia de la humildad. La humildad derrite a Dios, la humildad nos abre la puerta de la misericordia. No importa nuestro pasado, no importan la cantidad de pecados, no importa lo malo que podamos haber hecho. La humildad nos abre a la misericordia de Dios. Como el buen ladrón en la cruz.  Todas las barreras de derriban ante el humilde pedido de perdón.

Dios se revela a los humildes. Si nosotros queremos crecer en la vida de fe, en la vida cristiana, tenemos que pedir la gracia de ser humildes. Esa humildad que es reconocernos pecadores, reconocer nuestras miserias, reconocer los dones que Dios nos da. Dones, que no son cosas nuestras, sino que son obra de Dios. Lo primero es la humildad. Es lo primero que quería compartir y lo primero que pido para mi y también para ustedes.

Lo segundo es cuando Bernardete ve a la Virgen, esta señora hermosa, al principio no sabe quién es, pero esta niña reza el Rosario ante esta manifestación extraordinaria y va haciendo todo lo que la Virgen le dice. Pero ella le insiste en saber quién es. Y una de las últimas veces le dice “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Pocos años antes Pío IX había declarado el dogma de la Inmaculada Concepción, punto firme e inconmovible al que todos estamos llamados a adherir de corazón.

Por eso, hoy en la oración colecta pedíamos a Jesús, frente a nuestra debilidad, encomendarnos a la Inmaculada Concepción de su Madre y así por su intercesión nos libre del pecado. Y aquí viene el gran drama de la humanidad, el gran drama de nuestra vida, el gran drama de nuestra libertad, el gran drama del enemigo que permanentemente nos susurra queriéndonos apartarnos de Dios. Y el Señor a través de su espíritu, quiere ayudarnos a seguir el camino de la salvación.

En María, a diferencia de Eva, en ella no hay mancha de pecado y eso ocurre desde el mismo momento en que fue concebida en el vientre de su madre. Como había sido elegida para ser la Madre del Salvador, no podía de ser de otra manera, para recibir al Hijo de Dios que se iba a encarnar. Por eso ella tiene este privilegio extraordinario y por eso, por su Asunción es el “honor de nuestro pueblo”, es el honor de la raza humana. En María se realiza el proyecto de Dios, donde el pecado no ha tenido nada que ver, ha tenido una distancia el pecado.

En nosotros, por la herencia de nuestros primeros padres, nacemos con la mancha del pecado y luego del bautismo siempre nos queda la inclinación al mal por eso siempre tenemos que combatir. Esto se juega cada día, en cada momento, en cada instante, optar por el Señor u optar por el mal. Por eso, “hacé lo que Dios te dice”, estas palabras de la Virgen en el Evangelio también nos hacen bien, es el camino a la felicidad. Esto es lo que hay que hacer, seguir a Dios, este es el camino de la santidad. La segunda gracia que pedimos es que siempre tengamos a la Virgen como nuestra abogada, para que por su intercesión nos veamos libres del pecado y podamos progresar y crecer en hace la voluntad de Dios para alcanzar la felicidad eterna del Cielo. Y las veces que pecamos, volver humildemente al Sacramento de la Confesión y pedir perdón con la certeza del perdón de Dios, que nos hace renacer después de cada confesión.

Ustedes saben que uno de los dones  con los cuales Dios creó al hombre dos eran la inmortalidad y la impasibilidad, el hombre no tenía que sufrir. Pero el pecado trajo sus consecuencias. LA Escritura dice que el salario del pecado es la muerte, la paga del pecado es la muerte. Y el pecado original trajo la muerte eterna pero también consecuencias temporales, la enfermedad y la muerte física. Dios se ha compadecido de nosotros: ha venido Jesucristo que murió y resucitó triunfante, justamente lo que el hombre no puede vencer. Por lo tanto llena a la humidad entera de la esperanza de la salvación. Nosotros cristianos, hijos de Dios, tenemos esa certeza, ya no nos espera la muerte eterna sino la vida eterna que ha venido a traer Jesús, vida y vida en abundancia. Esto es maravilloso. Si nos ponemos a contemplar lo que ha hecho Dios por nosotros, pero no por un día, no la felicidad del dinero, la felicidad de alguna pasajera, la felicidad eterna.

Pero nos queda la muerte física. Y eso es inexorable. Por allí todos tenemos que pasar. Pero la muerte no es trágica, es una puerta que tenemos que pasar.

Y también está la enfermedad, el sufrimiento. Pero cuando vino Jesús a la tierra pasó haciendo el bien, curando a los enfermos, no porque fuera un milagrego sino para mostrar que el traía la salvación para siempre. Por eso nosotros, que somos débiles y frágiles, que padecemos la enfermedad, a veces más, a veces menos, necesitamos siempre el consuelo de Dios y los signos sensibles por los cuales Dios nos manifiesta su amor, especialmente la unción de los enfermos donde podemos experimentar el amor de Dios. Él quiere mostrarnos siempre que nos ama.

Por eso hoy, podemos descubrir que nuestras enfermedades, que al sobrellevarlas con fe, colaboramos con la redención del mundo, se convierten en purificación para nuestras vidas. Todo en la vida cristiana tiene valor, tiene un sentido. La oración que tenemos que hacer, es “Señor tengo esta enfermedad, o este ser querido tiene este sufrimiento, yo te pido que lo cures por intercesión de la Virgen pero si esto no conviene a la salud del alma, no me lo des, dame aquello que es para mi felicidad eterna”.

Porque de nada valdría vivir 120 años y condenarnos a la muerte eterna. De nada nos valdría el tiempo de nuestra vida sino estamos con Dios.

Por eso pedimos por todos enfermos, por su salud física y por su salud espiritual.

Hoy por ser el día del enfermo y frente a esta sociedad individualista, consumista, del mercado que todo nos ofrece para comprar, nos satura con supuestos productos con los cuales vamos a ser felices. Y nada más falso. Porque si bien algunos productos pueden ser útiles y necesarios para nuestra vida, no nos van a dar la vida eterna. Por eso, cuando nos dejamos atrapar por ese consumismo nos hacemos egoístas y nos hacemos indiferentes al sufrimiento de los demás. Por eso, hoy también pidamos esta gracia a la virgen, salir de nuestra comodidad, salir de nuestro individualismo, salir de nuestro egoísmo. Porque siempre a nuestro alrededor hay alguien que sufre, hay alguien enfermo. “Estuve enfermo y me viniste a ver”. En esto consistirá el juicio. Si no lo hago, el Señor me pedirá cuentas. No es algo extraordinario ir a visitar a un enfermo, puede ser un vecino, puede ser un familiar, puede ser un conocido. Siempre hay un enfermo alrededor nuestro. Es la ocasión que Dios nos da para amarlo a Él en los hermanos que sufren. Si damos estos pasos es para nuestro bien y el de nuestros hermanos. Siempre pidamos esta gracia, de ser instrumentos de paz, misericordia y consuelo. Sirviendo a Jesús en los que sufren encontramos la felicidad.

Como nos pide el Papa, caminemos juntos haciendo el bien a nuestros hermanos que sufren y tengamos la actitud del Buen Samaritano, deteniéndonos y saliendo de nuestra comodidad para experimentar la alegría que el mundo no conoce y es estar en el amor de Dios y llevarlo a nuestros hermanos.

Demos gracias a Dios, demos gracias por la Virgen, que podamos acogernos a la misericordia de Dios, que podamos ser instrumentos de la misericordia, en medio de tanto egoísmo, de tanta violencia, de tanta indiferencia. Amén

Queridos hermanos y hermanas de la comunidad de Lourdes

Y todos los peregrinos que vienen al Santuario:

¡Bendito sea Dios que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales! Si, bendito sea Dios que nos ha regalado a su madre, la Virgen porque a través de ella nos ha venido Jesucristo, el Señor.

El Evangelio dice: “Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has revelado a los humildes”. Si, queridos hermanos y hermanas, Dios en su infinita misericordia, a lo largo del tiempo, de la historia y de distintos lugares, ha querido llenarnos de consuelo, renovar nuestra esperanza, nuestra fe, a través de la Virgen. La Virgen también se revela a los humildes. Como hoy, al recordar a la Virgen de Lourdes que aparece a una pequeña muchacha de pueblo, Santa Bernardita. La Virgen se le revela dándole este mensaje del perdón de los pecados, de construir un templo, y el agua que comienza a brotar con todo lo que significa el agua, agua que nos trae purificación, sanación y salud.

Por eso, lo primero que tenemos que pedir al Señor es la gracia de la humildad. La humildad derrite a Dios, la humildad nos abre la puerta de la misericordia. No importa nuestro pasado, no importan la cantidad de pecados, no importa lo malo que podamos haber hecho. La humildad nos abre a la misericordia de Dios. Como el buen ladrón en la cruz.  Todas las barreras de derriban ante el humilde pedido de perdón.

Dios se revela a los humildes. Si nosotros queremos crecer en la vida de fe, en la vida cristiana, tenemos que pedir la gracia de ser humildes. Esa humildad que es reconocernos pecadores, reconocer nuestras miserias, reconocer los dones que Dios nos da. Dones, que no son cosas nuestras, sino que son obra de Dios. Lo primero es la humildad. Es lo primero que quería compartir y lo primero que pido para mi y también para ustedes.

Lo segundo es cuando BErnardete ve a la Virgen, esta señora hermosa, al principio no sabe quién es, pero esta niña reza el Rosario ante esta manifestación extraordinaria y va haciendo todo lo que la Virgen le dice. Pero ella le insiste en saber quién es. Y una de las últimas veces le dice “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Pocos años antes Pío IX había declarado el dogma de la Inmaculada Concepción, punto firme e inconmovible al que todos estamos llamados a adherir de corazón.

Por eso, hoy en la oración colecta pedíamos a Jesús, frente a nuestra debilidad, encomendarnos a la Inmaculada Concepción de su Madre y así por su intercesión nos libre del pecado. Y aquí viene el gran drama de la humanidad, el gran drama de nuestra vida, el gran drama de nuestra libertad, el gran drama del enemigo que permanentemente nos susurra queriéndonos apartarnos de Dios. Y el Señor a través de su espíritu, quiere ayudarnos a seguir el camino de la salvación.

En María, a diferencia de Eva, en ella no hay mancha de pecado y eso ocurre desde el mismo momento en que fue concebida en el vientre de su madre. Como había sido elegida para ser la Madre del Salvador, no podía de ser de otra manera, para recibir al Hijo de Dios que se iba a encarnar. Por eso ella tiene este privilegio extraordinario y por eso, por su Asunción es el “honor de nuestro pueblo”, es el honor de la raza humana. En María se realiza el proyecto de Dios, donde el pecado no ha tenido nada que ver, ha tenido una distancia el pecado.

En nosotros, por la herencia de nuestros primeros padres, nacemos con la mancha del pecado y luego del bautismo siempre nos queda la inclinación al mal por eso siempre tenemos que combatir. Esto se juega cada día, en cada momento, en cada instante, optar por el Señor u optar por el mal. Por eso, “hacé lo que Dios te dice”, estas palabras de la Virgen en el Evangelio también nos hacen bien, es el camino a la felicidad. Esto es lo que hay que hacer, seguir a Dios, este es el camino de la santidad. La segunda gracia que pedimos es que siempre tengamos a la Virgen como nuestra abogada, para que por su intercesión nos veamos libres del pecado y podamos progresar y crecer en hace la voluntad de Dios para alcanzar la felicidad eterna del Cielo. Y las veces que pecamos, volver humildemente al Sacramento de la Confesión y pedir perdón con la certeza del perdón de Dios, que nos hace renacer después de cada confesión.

Ustedes saben que uno de los dones  con los cuales Dios creó al hombre dos eran la inmortalidad y la impasibilidad, el hombre no tenía que sufrir. Pero el pecado trajo sus consecuencias. LA Escritura dice que el salario del pecado es la muerte, la paga del pecado es la muerte. Y el pecado original trajo la muerte eterna pero también consecuencias temporales, la enfermedad y la muerte física. Dios se ha compadecido de nosotros: ha venido Jesucristo que murió y resucitó triunfante, justamente lo que el hombre no puede vencer. Por lo tanto llena a la humidad entera de la esperanza de la salvación. Nosotros cristianos, hijos de Dios, tenemos esa certeza, ya no nos espera la muerte eterna sino la vida eterna que ha venido a traer Jesús, vida y vida en abundancia. Esto es maravilloso. Si nos ponemos a contemplar lo que ha hecho Dios por nosotros, pero no por un día, no la felicidad del dinero, la felicidad de alguna pasajera, la felicidad eterna.

Pero nos queda la muerte física. Y eso es inexorable. Por allí todos tenemos que pasar. Pero la muerte no es trágica, es una puerta que tenemos que pasar.

Y también está la enfermedad, el sufrimiento. Pero cuando vino Jesús a la tierra pasó haciendo el bien, curando a los enfermos, no porque fuera un milagrego sino para mostrar que el traía la salvación para siempre. Por eso nosotros, que somos débiles y frágiles, que padecemos la enfermedad, a veces más, a veces menos, necesitamos siempre el consuelo de Dios y los signos sensibles por los cuales Dios nos manifiesta su amor, especialmente la unción de los enfermos donde podemos experimentar el amor de Dios. Él quiere mostrarnos siempre que nos ama.

Por eso hoy, podemos descubrir que nuestras enfermedades, que al sobrellevarlas con fe, colaboramos con la redención del mundo, se convierten en purificación para nuestras vidas. Todo en la vida cristiana tiene valor, tiene un sentido. La oración que tenemos que hacer, es “Señor tengo esta enfermedad, o este ser querido tiene este sufrimiento, yo te pido que lo cures por intercesión de la Virgen pero si esto no conviene a la salud del alma, no me lo des, dame aquello que es para mi felicidad eterna”.

Porque de nada valdría vivir 120 años y condenarnos a la muerte eterna. De nada nos valdría el tiempo de nuestra vida sino estamos con Dios.

Por eso pedimos por todos enfermos, por su salud física y por su salud espiritual.

Hoy por ser el día del enfermo y frente a esta sociedad individualista, consumista, del mercado que todo nos ofrece para comprar, nos satura con supuestos productos con los cuales vamos a ser felices. Y nada más falso. Porque si bien algunos productos pueden ser útiles y necesarios para nuestra vida, no nos van a dar la vida eterna. Por eso, cuando nos dejamos atrapar por ese consumismo nos hacemos egoístas y nos hacemos indiferentes al sufrimiento de los demás. Por eso, hoy también pidamos esta gracia a la virgen, salir de nuestra comodidad, salir de nuestro individualismo, salir de nuestro egoísmo. Porque siempre a nuestro alrededor hay alguien que sufre, hay alguien enfermo. “Estuve enfermo y me viniste a ver”. En esto consistirá el juicio. Si no lo hago, el Señor me pedirá cuentas. No es algo extraordinario ir a visitar a un enfermo, puede ser un vecino, puede ser un familiar, puede ser un conocido. Siempre hay un enfermo alrededor nuestro. Es la ocasión que Dios nos da para amarlo a Él en los hermanos que sufren. Si damos estos pasos es para nuestro bien y el de nuestros hermanos. Siempre pidamos esta gracia, de ser instrumentos de paz, misericordia y consuelo. Sirviendo a Jesús en los que sufren encontramos la felicidad.

Como nos pide el Papa, caminemos juntos haciendo el bien a nuestros hermanos que sufren y tengamos la actitud del Buen Samaritano, deteniéndonos y saliendo de nuestra comodidad para experimentar la alegría que el mundo no conoce y es estar en el amor de Dios y llevarlo a nuestros hermanos.

Demos gracias a Dios, demos gracias por la Virgen, que podamos acogernos a la misericordia de Dios, que podamos ser instrumentos de la misericordia, en medio de tanto egoísmo, de tanta violencia, de tanta indiferencia. Amén

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