CRISTO REY explicado por San Juan Pablo II

Es posible que se entienda erróneamente el significado de las palabras sobre el “Reino” que pronunció Cristo ante Pilato, es decir sobre el Reino que no es de este mundo. Sin embargo, el contexto singular del acontecimiento en cuyo ámbito fueron pronunciadas no permite comprenderlas así­. Debemos admitir que el Reino de Cristo, gracias al cual se abren ante el hombre las perspectivas extraterrestres, las perspectivas de la eternidad, se forma en el mundo y en la temporalidad. Se forma, pues, en el hombre mismo mediante “el testimonio de la verdad” (Jn 18, 37) que Cristo dio en ese momento dramático de su misión mesiánica: ante Pilato, ante la muerte en cruz que pidieron al juez sus acusadores.

Así­, pues, debe atraer nuestra atención no sólo el momento litúrgico de la solemnidad de hoy, sino también la sorprendente sí­ntesis de verdad que esta solemnidad expresa y proclama.

Jesucristo es “el testigo fiel” (cf Ap 1, 5), como dice el autor del Apocalipsis. Es el “testigo fiel” del señorí­o de Dios en la creación y, sobre todo, en la historia del hombre. Efectivamente, Dios formó al hombre, desde el principio, como Creador y a la vez como Padre. Por lo tanto, Dios, como Creador y como Padre, está siempre presente en su historia. Se ha convertido no sólo en el Principio y en el Término de todo lo creado, sino también en el Señor de la historia y en el Dios de la Alianza: “Yo soy el alfa y el omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que viene, el Todopoderoso” (Ap 1, 8).

Jesucristo “testigo fiel” ha venido al mundo precisamente para dar testimonio de esto. ¡Su venida en el tiempo! De qué modo tan concreto y sugestivo la habí­a preanunciado el profeta Daniel en su visión mesiánica, hablando de la venida de “un hijo de hombre” (Dn 7, 13) y delineando la dimensión espiritual de su Reino en estos términos: “Le fue dado el señorí­o, la gloria y el imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron, y su dominio es dominio eterno que no acabará nunca, y su imperio, imperio que nunca desaparecerᔝ (Dn 7, 14). Así­ ve el profeta Daniel, probablemente en el siglo II, el Reino de Cristo antes de que él viniese al mundo.

Cristo subió a la cruz como un Rey singular: como el testigo eterno de la verdad. “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37). Este testimonio es la medida de nuestras obras, la medida de la vida. La verdad por la que Cristo ha dado la vida ““y que la ha confirmado con la resurrección”“, es la fuente fundamental de la dignidad del hombre. El Reino de Cristo se manifiesta, como enseña el Concilio, en la “realeza” del hombre. Es necesario que, bajo esta luz, sepamos participar en toda esfera de la vida contemporánea y formarla (“¦).

San Juan Pablo II

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