Fiesta de San Cayetano 2021: Homilía del Arzobispo

Mons. Eduardo Eliseo Martín presidió las Fiestas Patronales en honor a San Cayetano en la Parroquia – Santuario Arquidiocesano homónimo. Estuvo acompañado por el Párroco, Pbro. Marcelo Franchini.

A continuación, su homilía:

“Queridos hermanos y hermanas:

                                                         Celebramos una vez más la fiesta de san Cayetano, patrono del pan y del trabajo. Los santos siempre se ocuparon de procurar  la salud integral de la persona humana: alma y cuerpo. Pero entendiendo siempre que la raíz de esa salvación total está en la salvación del alma; pues salvada el alma, al final de la existencia terrena,  sólo espera la resurrección de la  carne al final de los tiempos dándose así la salvación total del ser humano. En cambio si no se salva el alma y sólo se procura  el bienestar material (que pasa y perece) , al final  se pierde todo el hombre.

Decía San Cayetano en una carta a Elisabet Porto: “Ten por cierto que nosotros somos peregrinos y viajeros en este mundo: nuestra patria es el cielo; el que se engríe se desvía del  camino y corre hacia la muerte. Mientras vivimos en este mundo, debemos ganarnos la vida eterna, cosa que no podemos hacer por nosotros solos, ya que la perdimos por el pecado, pero Jesucristo nos la recuperó. Por esto debemos siempre darle gracias, amarlo, obedecerlo y hacer todo cuanto nos sea posible por estar siempre unidos a él.”

Somos peregrinos, no somos vagabundos. Vamos camino al cielo. Esta vida es pasajera. En este tiempo de pandemia hemos comprobado nuevamente algo que creíamos superado: la fragilidad, la finitud, nos creíamos omnipotentes. La muerte ha visitado nuestras familias, nuestros amigos, y hemos visto que el hombre  no lo puede todo.  Esta circunstancia nos llama poderosamente a volver nuestra mirada a Cristo y recordar las verdades fundamentales de nuestra fe.

Hemos de trabajar para acumular “un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla”, tal como nos dice el Evangelio que hemos proclamado en esta santa Misa. Tenemos que trabajar por el alimento que no perece y que nos da el Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, ese que nos  permite caminar hacia el cielo sin desfallecer, en medio de las vicisitudes de esta tierra.

San Cayetano tenía una clara conciencia de su límite, de su imperfección, de su nada: “Yo soy pecador y me tengo en muy poca cosa”, pero se confió en Dios, amó a Cristo y  procuró hacer siempre su voluntad. Y le decía a esta mujer en la carta aludida: “y no tengas la menor duda que aunque todos los santos y creaturas te abandonasen,  él siempre estará atento a tus necesidades”. Es lo que  nos dice la primera lectura de hoy, del libro del Eclesiástico: ¿Quién confió en el Señor y quedó confundido? ¿Quién perseveró en  su  temor y fue  abandonado? ¿Quién lo invocó y no fue tenido en cuenta? Porque el Señor es misericordiosos y compasivo, perdona los pecados y salva en el momento de la aflicción”.

Queridos hermanos,  Jesucristo nos ha traído el bien necesario para la realización de nuestra vida; nos ha traído la salvación, el perdón de los pecados y la vida eterna.  Este es el bien que tenemos que conservar, que acrecentar y recuperar si lo hemos perdido. Se pierde por el pecado y se recupera por el arrepentimiento y la confesión.  Estamos llamados a ser apasionados buscadores del Reino de Dios y su justicia.

El camino es la caridad, por ella conquistamos el cielo y hacemos mejor este mundo.  ¿En qué se verifica que estamos unidos a Jesús y buscamos su Reino? En las obras de caridad, en el amor al prójimo. Por eso los cristianos tenemos que tener el corazón puesto en  el cielo, “porque allí dónde tengan su tesoro, tendrán también su corazón”  y con los pies en la tierra sabiendo que ese más allá se conquista en el más acá, dando testimonio por medio de las obras de misericordia que certifican la autenticidad de nuestra fe. La vida de S. Cayetano fue un darse al prójimo por  amor: atendiendo a los enfermos, renovando hospitales, atendiéndolos en tiempos de peste, creando un banco para dar créditos a los necesitados,  haciendo una imprenta para dar trabajo, etc. Etc. El camino de la vida eterna no nos separa de las necesidades y  problemas de la tierra. Al contrario, nos hace tomar con más responsabilidad las obligaciones humanas, naturales y dar así testimonio del bien, de la justicia, del amor.

Una dimensión  fundamental del camino al cielo  y que Dios dio como mandato al hombre al crearlo,  es la ley del trabajo como medio para alcanzar la  santidad y como medio para llevar una vida  digna y hacer más humano este mundo. Por eso hoy también venimos a  agradecer y a pedir por el trabajo, por el empleo digno.

Venimos a agradecer  tantos dones que Dios nos hace, pues, siempre y en todas partes debemos dar gracias a Dios, pues es justo y necesario, es nuestro deber y salvación.

Agradecidos a Dios por la vida de san Cayetano y su valiosa intercesión ante nuestras necesidades.

Venimos también a pedir, y  lo hacemos en este tiempo tan difícil en nuestra patria por la pandemia del coronavirus y por la pobreza y la falta del empleo digno. Venimos con confianza a nuestro santo para que implore ante Ntro. Señor y se compadezca de tantas necesidades que hoy afligen a nuestro pueblo, a nuestras familias.

Queridos hermanos, damos gracias a Dios por que nos ha regalado a este,  su testigo que tanto bien nos hace en nuestro caminar cristiano hacia el cielo; le rogamos que siempre busquemos los bienes del cielo haciendo el bien en la tierra, que trabajemos por condiciones de vida dignas, acordes con la dignidad de  la persona humana, rogando nos libre de las penurias de esta vida y nos conceda la eterna, Amén.

Mons. Eduardo Martín

Arzobispo  de Rosario

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